“La bruma reposa en la hierba
Se lleva los secretos de la noche anterior.
Asoma el alba con su ruido de abejas
Suspirando al cielo una nueva sed”.
Hermoso ¿no es cierto?
Pues no es mío, es de Claudia.
Claudia, mujer, madre, poetisa, guerrera; que importa no saber cuál fue tu nombre de guerra, llegaste a nuestra casa caminando despacito, casi sin sentirse, con pasos silenciosos, y te acurrucaste en un rinconcito, y ese rinconcito fue tuyo de ti, de pertenencia innata, como quien llega a un lugar que siempre le ha pertenecido.
Tu presencia fue suave, cómoda, con una alegría que salía por los poros de la piel.
Recuerdo que una vez en uno de esos días al final de la vida de mi padre, Claudia se acercó a él, para saludarlo y le preguntó, sabes quién soy, viejito, mi padre sonrió y dijo “si… la negrita”
Él podía estar confundido y dormir casi todo el tiempo, pero de Claudia, la negrita, no se olvidaba.
Hoy muchos se han ido, mi padre, mi madre, mi hermano menor, y ahora la negrita Claudia, pero la verdad es que el cuerpo muere, pero no desaparecemos, el alma sigue existiendo, en todo lo que nos rodea y en los recuerdos.
Claudia extendió sus alas y ya vuela por encima de los lugares que amaba, su país, su Santiago, su cordillera de los Andes, vuela junto a las alas del cóndor majestuoso.
Nosotros, los que quedamos atrás, de decimos, anda, vuela, vuela libre, ya no más penas, ya no más dolor, baila con los que te aman, y se libre, llena tus alas con el viento sureño.
Molana Rumi dijo hace 900 años: “Por la herida entra la luz”
Claudia, por la herida que deja tu partida entrará la luz que va a enriquecer nuestras vidas con tu recuerdo.
Anda, sigue caminando en paz, mira que nos veremos de nuevo, cuando llegue nuestra hora.
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